Un discurso sensato. Ideal 08.12.09

Insensatos son todos los que derriban algo que les hace bien antes de levantar en su lugar algo mejor”

Th. Hobbes, Behemoth, 1668.

“Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se ac[uerden], si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: […] el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón”.

Con estas palabras finalizó Manuel Azaña el discurso pronunciado en Barcelona el 18 de julio de 1938, considerando que sólo mediante ‘Paz, Piedad y Perdón’ es posible construir una sociedad bien ordenada. Esta exigencia es similar a aquella de que habla Hannah Arendt cuando asienta la fundación, el inicio o el origen de una sociedad bien establecida en ‘la promesa mutua y la deliberación en común’. De esta manera la dosis de arbitrariedad que conlleva todo origen, queda corregida por el principio en el que tal origen se fundamenta. Sólo así es posible constituir una sociedad de manera que originándose el poder en el pueblo, la fuente del derecho sea la Constitución.

 

 

 

Y sucedió, por fin, en nuestro país, cuando navegamos por las aguas procelosas de la Transición. Una Transición que constituyó el momento original en el que se fundó un sistema jurídico-político plenamente legitimado. Este régimen político se encuentra plasmado en nuestra Constitución de 1978. En ella, el poder proviene del pueblo –“La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, dirá en su art. 1.2 CE-, con el fin de garantizar “la convivencia democrática” y “proteger a todos los españoles […] en el ejercicio de los derechos humanos”, preámbulo CE.

Por eso son incomprensibles los intentos que sufrimos hace ya tiempo de deslegitimación de la transición y su obra, la Constitución. Dice Javier Cercas que parece haberse instalado en la opinión pública un discurso izquierdista que caracteriza la transición como un fraude “cuyo resultado no fue una auténtica ruptura con el franquismo […] configurándo[se] una democracia […] defectuosa”. Sin embargo, esto es un error pues “la ruptura con el franquismo fue una ruptura genuina”, que permitió la instauración de  una democracia plena y suficiente.

Precisamente, hace pocas fechas que el Club de la Constitución invitó al diplomático y político liberal Ignacio Camuñas a pronunciar la lección inaugural del presente curso. Llevó por título: “España, el final de una época”, en la que mantuvo la tesis de que los problemas que arrastraba nuestra democracia se han visto empeorados por las desconcertantes decisiones adoptadas por el Gobierno en el poder. Se podría afirmar que los frutos de la ingeniería política de la Transición, sus postulados (libertad, consenso, acuerdo, tolerancia, autolimitación partidista, reconciliación, etc.), han llegado a su final. El partido que sustenta el Gobierno, y este mismo, han emprendido con el apoyo de los votos nacionalindependentistas y comunistas un unilateral programa de medidas trastocadoras del orden existente en muchas políticas de alcance, especialmente en lo que se refiere a la organización territorial del Estado. Llega incluso el Gobierno a reducir parcelas de libertad al adoptar un descarado intervencionismo en el terreno ideológico, vulnerando así valores y principios constitucionales.  Estas medidas circulan en dirección contraria a los intereses generales y, en consecuencia, rozan la Constitución, cuando no la quebrantan. De ahí que el político centrista considerase que la política emprendida por el señor Zapatero hace punto y aparte del clima de consenso y de satisfacción del interés general de la nación, de todos los españoles. Una vez más en la historia, gobernantes españoles olvidan, recordó Camuñas, las lecciones vividas tiempos atrás y se empeñan en dar un golpe de timón que provoca un súbito y agresivo viraje de la nave del Estado.